lunes, 25 de junio de 2012

Edificio del control CCS del puerto de Ferrol


El edificio CCS de Ferrol define un punto de encuentro entre la escala naval y la arquitectónica. Su estructura, levantada sobre una parcela triangular que lo conecta al dique principal del puerto exterior de Caneliñas y al martillo, se asemeja a la de un barco atracado en la orilla desde el que se puede observar todo lo que ocurre en la ría de Ares. Su diseño, hecho realidad por el equipo de Díaz y Díaz Arquitectos, pero ideado por el ingeniero de caminos Alberto Martínez Pardo, quien falleció durante la ejecución del proyecto y al que se le hace homenaje grabando su nombre en el edificio, respondía a los requerimientos de la Autoridad Portuaria de la ciudad, que solicitó un inmueble versátil y moderno, que permitiese cambios funcionales a lo largo de su vida útil y que se pudiera adaptar fácilmente a los futuros cambios tecnológicos que se pudieran dar.    
La ubicación del edificio conllevaba una alta exigencia en cuanto a resistencia estructural, que ha sido superada 

La orografía del emplazamiento y las condiciones atmosféricas a las que tendría que hacer frente el edificio, como la alta salinidad y fuertes rachas de viento, fueron los otros condicionantes que marcaron el desarrollo del volumen, que finalmente se define como una edificación de doble cubierta y doble piel acristalada en cuya parte exterior se extienden unas lamas de aluminio que le permiten protección al sol, la lluvia y el viento, a la vez que logran un aislamiento eficaz enfocado hacia la eficiencia energética. En el interior, el inmueble se divide verticalmente en cinco niveles, siendo los dos primeros los que concentran los usos y quedando la planta baja para acceso, instalaciones y almacenes, y el tercer nivel como gran terraza. Todo se proyectó con elementos constructivos secos: paramentos atornillables, falsos techos desmontables, panelados, suelos técnicos, etc.



Dificultades del terrenoLas características geológicas del terreno en el que se realizaría la cimentación supusieron un problema a solucionar a la hora de asentar la edificación en la parte más extrema del dique artificial recién ejecutado. El análisis geológico y geotécnico del terreno arrojó datos ya conocidos puesto que el propio dique fue construido a base de rellenos de escolleras de diferentes tamaños y material “todo uno” en su zona central superior. Bajo estas capas, se encontraba el fondo primitivo formado por arenas cuaternarias de origen marino.

Después de realizar diferentes estudios, se llegó a la conclusión que la mejor manera de resolver la cimentación del edificio sería mediante una losa de hormigón armado que fuera capaz de transmitir al terreno las tensiones producidas por la futura obra. La idea no dejaba de asimilarse al efecto producido por un barco que flota sobre la superficie del agua y que transmite de forma homogénea las cargas a las capas inferiores. De esta manera, al tratarse de una estructura intencionadamente monolítica, nunca se podrían llegar a producir diferencias entre los asientos a causa de la heterogeneidad del terreno, puesto que sería aquél elemento el que se encargaría de absorber cualquier esfuerzo no deseado, haciendo que el edificio descendiera de forma uniforme una magnitud desde un principio controlada.



En cualquier caso, la preparación del terreno previa a la construcción se entendió como una labor fundamental que habría que realizar con especial cuidado para minimizar cualquier riesgo futuro para la integridad del conjunto de la edificación. El trabajo principal a realizar en el terreno no podía ceñirse simplemente a la capa superficial sino que tendría que ejecutarse un tratamiento en profundidad que lograra conferirle a la superficie un módulo de balasto y un valor de tensión admisible adecuados.

Concepción de la fachada Para la piel exterior de las fachadas del edificio, desde el principio se pensó en una doble cobertura: un tamiz de lamas de aluminio que a la vez que permitiese la visión y evitase el contacto directo de los rayos del sol, y una superficie acristalada que aportase el aislamiento térmico y acústico necesario.

Debido a su ubicación expuesta, se estipuló como premisa que la construcción debería ser capaz de resistir vientos de hasta 200 km/h, por tanto, las lamas se realizaron en aluminio anodinado con inercia suficiente como para absorber dicha fuerza. Durante su ejecución se efectuó un seguimiento elemento por elemento, para asegurarse de la correcta ejecución de sus fijaciones. Toda la carpintería de la segunda capa se realizó con escuadrías de suficiente rigidez como para que pudieran resistir los esfuerzos marcados, y los acristalamientos dobles fueron instalados con las mayores garantías. Entre estas dos pieles se colocó una pasarela para poder acceder al espacio intermedio, con el fin de realizar su futuro mantenimiento. Este espacio de servicio se desarrolla alrededor del edificio más allá de la doble cobertura, con el fin de poder llegar a toda la superficie de la fachada y asegurar así la perfecta revisión de todos sus elementos. Dado el ambiente de alta salinidad en el que el edificio se ve sumergido, durante la fase de construcción se separaron todas las piezas susceptibles de crear pares galvánicos, puesto que podrían derivar en una rápida degradación de los materiales instalados.

De la misma forma que la fachada, el edificio posee una doble cubierta: la primera soporta la carga de la lluvia y la segunda aporta una doble garantía de impermeabilización y un aislamiento térmico suficiente como para evitar pérdidas energéticas y condensaciones. Esta cubierta queda como elemento transitable desde el que tener una perspectiva general muy amplia de todo lo que ocurre en el puerto.
Fuente: Construarea
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